Como si en sus ojos pudieran leerse todos sus secretos

Un local de Yenny/El Ateneo en la calle Florida. En el piso superior está instalada una “Brioche Doreé”, una casa de comidas rápidas, pero sanas. La hora pico está empezando a ceder y se pueden ver ya una o dos mesas desocupadas, lo cual, al filo del mediodía de un día de semana, sería imposible.
Un hombre termina su café y se está yendo, con él lleva un celular muy moderno y sofisticado (para nada minimalista he de decir) y un libro de tango de esos para turistas; no me extrañaría que lo fuera, ya que llevaba un mapa –también de esos mapas especialmente preparados para aquellos que quieren sumergirse en la australidad, sin omitir por supuesto donde encontrar productos a jugosos precios, privativos para australes como nosotros-; pero más intuyo que era un turista por cómo miraba a la gente. Reconocí esa mirada con que uno ve a los porteños cuando aún no les conoce.
Hay una señora que aparenta ser una muy buena ama de casa, tiene cara de madrina, y definitivamente ha abandonado las prácticas sexuales hace mucho tiempo. Después de terminar su tarta tricolor (acelga, queso y zapallito) está saboreando su té o café. Hizo una llamada desde su celular y habló con alguien, no llegué a escuchar bien lo que dijo, pero sí alcancé a escuchar “si querida… vean una linda película y después me cuentan”. Ahora está con otra llamada. “Hola Perla… Perla, ¿me escuchás?… ¿está todo bien?… yo el veintiséis… bueno, chau”. Se nota que a Perla le tiene más confianza que a su primera interlocutora, ya que omitió el “chau querida” y profirió un “chau” mas bien seco. Esto, junto con su pronunciación, me confirmó que es del interior. Claro que tiene algo de mi madre, no sé exactamente qué. Puede ser ese terrible mundo interior, tan grande que a veces se abstraen mucho de la realidad. De mi mamá tiene también la forma de agarrar el celular… ¡como si de cualquier movimiento en falso dependiera la comunicación!
Mantiene la compostura en lugares públicos como toda buena señora. Lleva con cuidado su taza de té y sin hacer un ínfimo sonido la apoya en el plato. Aquí hay otra mirada típica del interior de cuaquier clase de persona que quiere pasar desapercibida: no levantar la mirada más allá de los cuarenta y cinco o cincuenta grados, y a partir de los treinta y cinco, suben su mentón con lentitud y… ¿miedo… vergüenza? No creo, pero es como si no quisiera ver a los ojos de la gente por no quedar en evidencia, como si en sus ojos pudieran leerse todos sus secretos.
Una loca suelta vino hace un rato –cambio de tema porque la susodicha amiga de Perla ya se fue- haciendo un escándalo histérico por no se qué tema de su café. Me había tocado la misma señorita en el lugar delante mío en la cola; era una diosa total, hasta a mí me llamó la atención; pelo lacio (como el de mi hermana y el mío) brillante y largo, atado delicadamente en una sola cola sobre el cuello y la espalda. Uñas color marrón, totalmente a tono con un marrón más suave sobre sus labios. Debí suponer que era una histérica total por la punta tan finita de sus zapatos. También tenía un poco de marrón en sus párpados, en una línea fuerte contorneando la parte superior de sus pestañas: adorablemente histérica.

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Acerca de Carlos Sims
Un actor que escribe.

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