Mensaje de bienvenida – Welcome 3.0

«En medio de la cuantificación, el exceso y la urgencia de las imágenes, al interior de los dispositivos que nos fijan a sus pantallas aún en la movilidad, en medio de esta iconocracia —la tiranía que la imagen ejerce sobre nosotros—, poder observar las mutaciones profundas en el régimen de lo visible es un primer acto de justicia.»
—Ariel Gurevich,
La Vida Digital.


Bienvenida. «Recibimiento cortés que se hace a alguien» (RAE, acepción 3). Dieciséis años después, otro mensaje de «bienvenida». Sí, aunque bastante inconstante en sus contenidos, hoy Plaza At Sensus cumple 16.

Al principio, los «mensajes de bienvenida» en los sitios webs eran como esos mensajes que se tiran embotellados al mar con la esperanza de que alguien en algún lugar remoto lo recibiera y lo leyese… tal vez anhelando esa «promesa de olvido y persistencia al mismo tiempo» de la que hablaba Sergio Chejfec, como hito anecdótico e inaugural (o reinaugural, como en este caso) de un sitio.

Cuando abrí este blog no se podía aspirar, ni siquiera concebir, que el hecho de tener un blog (o más genéricamente «publicar en internet») pudiese proporcionar celebridad. Si bien antes existían rudimentarios contadores de visitas de los cuales algunas páginas webs se ufanaban (¡qué arcaicas que pueden llegar a ser las modas!), uno no podía darse el lujo de conjeturar una lista de posibles personas como receptoras de las publicaciones. A lo sumo, podríamos habernos enterado de alguna visita humana por el comentario que alguien nos hubiese dejado en un post o, si uno disponía de un «libro de visitas», por alguna esquela con la que nos hubiese saludado algún amigo leal. Y puesto que en esa época la gente no era tan extrovertida en estos ambientes —puede que mi recuerdo sea idealizado, concedo—, siempre quedaba un margen para ilusionarnos con ese lector o visitante que, como decía, se figuraba remoto en nuestra imaginación. Aunque, si uno es sensato, cabría reconocer también un margen insoslayable para la indiferencia. Así es que, si uno quería popularidad o publicidad gratuita, tener un blog o andar buscando interactuar por internet no eran opciones lógicas en ese entonces (cuando abrí este blog, «TheFacebook» todavía era un experimento universitario, y aún no existía YouTube).

«No tengo otra cosa que hacer así que me pongo a escribir.» Así empezaba yo la entrada de un diario todavía en pañales en 1997, y que me pareció justo rescatar de manera retrospectiva en este blog para que se convierta en su entrada más antigua. Quizá esta reflexión imberbe sobre un teclado, de la misma manera en que Nina ensayaba un compendio de La Gaviota diciendo «casualmente vino un hombre, miró, y por no tener otra cosa que hacer la dejó sin vida…», este texto mío, tan primigenio y con ímpetu prematuro de blog, quizá, digo, sea una pista íntima y un nuevo fervor, en este año tan especial, para volver a hacer cosas sólo por no tener otra cosa que hacer.

El paso del tiempo, hacerse más grande, a veces otorga lucidez y uno puede, si no anda muy distraído, verle algunos hilos a la tecnología. La obsolescencia provoca que caigan descascaradas algunas herramientas o medios que uno creía más perdurables. Y, en un contexto más general, a medida en que nos vamos adentrando en las profundidades del siglo XXI —que había empezado tan auspicioso en términos de avances tecnológicos— si uno aún pudo salvar algo de ya no digamos lucidez sino al menos un poco de atención, tal vez haya podido percibir los síntomas subrepticios con que este siglo nos crispaba hasta el año pasado y que este año, exacerbardas la polarización, la pérdida de objetividad y la propensión a escandalizarse, ya nos ha dejado de cama.

Sí; una convalecencia que nos tiene agotados pero muy conscientes, sin poder distraernos ya del agobio y de las facetas más vulgares del mundo en el cual vivimos, ahogados con noticias que leemos en los diarios, o cúmulos de informaciones frívolas o irrelevantes. Estos estímulos que nos llegan por diversas vías y en diferentes formatos, procrastinan nuestra vida y clausuran cualquier resquicio por el que uno pueda desplegar su instinto o intelecto: paquetes herméticos para comer, o tirar, o dejar de comprar.

Pero en este «estar de cama», es cuando uno puede valorar más la riqueza y el esplendor del silencio, del no decir, del dejar un margen para los demás y la naturaleza; y uno mismo, por sus propios medios y meditando en todo esto, podría intentar elevarse hacia un momento a solas, sin vértigo y por sobre la polución, y con renovado oxígeno y perspectiva poder advertir que vivimos sumidos en un tráfago que no es del todo aleatorio. «¿Qué se gana con defender el orden establecido, aparte de la aprobación mezquina de aprovechadores y de usureros, y de la admiración equívoca de las almas convencionales?», escribió Saer en la narración de Tomatis que proyectaba lo que podría contar Watson de lo que Holmes una vez le habría dicho.

Bajando al presente después de estos viajes que les recomiendo, que permiten ver el paisaje de la vida de uno desde arriba y en silencio (¿modo samadhi?), ya con nuevas miradas, uno puede tener más control y divertirse un poco con estos adminículos que la modernidad puso en nuestros bolsillos. Por caso, podríamos pensar en un uso libertario del hashtag. El hashtag, permeable y multiuso, compatible con la amplitud de esas nuevas miradas o nuevas conciencias, puede dejar espacio para ese «momento a solas», ya que no exige coherencia con cómo otros lo han usado en el pasado, ni tampoco podemos asegurar cómo se usará en el futuro. Incluso, puede darse el dichoso caso de que uno mismo estrene un hashtag. La libertad también de poder hermanar ese hashtag con otros sin restricciones, estimula la promiscuidad bisociativa (¿hay algo más imprudentemente fácil y tentador que poner etiquetas?)

Durante estos años de «redes» he venido pensando que Plaza At Sensus, este blog que en ocasiones oficia de productora, bien puede travestirse en un hashtag inoculador para cruzar de la esfera de las «páginas» a la esfera de las «redes». Hashtag como el rango cariñoso que se les confiere a veces a los niños o a los difuntos, o a las personas que por uno u otro inverosímil motivo no han abierto todavía una cuenta en alguna red social, ya que no pueden ser invocados con una arroba. Este nuevo disfraz de hashtag no sería algo inesperado porque, además de ser plataforma y escaparate para mis aventuras artísticas y arena de mis incursiones curatoriales, siempre he soñado este sitio como un puente. O mejor dicho, como un lugar para trazar puentes.

Por ejemplo, puentes tan angostos e inestables como puede ser un renglón en las coincidencias arrojadas por Google para «a» + «b», palabras nunca antes linkeadas. Bisociación en términos de links y que eso genere un nuevo punto en este espacio tan amplio. Me insipira lo que dijo Mauricio Kartun una vez, que hay que estar siempre atento con «el enchufe multitoma». El link como contenido, como juego conceptual, chapuzón borgeano en el índice onomástico de todas las enciclopedias que es internet. Yo pienso que este mecanismo, un simple unir dos palabras en un post, hashtags o etiquetas, títulos o notas, es lo que hace que internet, con sus buscadores y algoritmos, enriquezca sus más gloriosas posibilidades: la sincronicidad y la serendipia, el pasadizo…

Pero desde ya que este sitio, además de prestar atención a estos aspectos referenciales o documentales, refleja también el acopio y la condensación, el inventario de mis inquietudes, y por supuesto, de mis héroes y heroínas. Aquí estoy, con el romanticismo valiente del curador de un museo moribundo, componiendo hace dieciséis años este collage de links, pizarrón de textos o simplemente los álbumes de mis entretenidos paseos por la red. «Experimento, investigo, curioseo», a decir de Daniel Link.

Admito los ribetes sentimentales de mi empresa, pero defiendo mi entusiasmo a capa y espada. Es que internet, luego del desenfreno de ciertas corporaciones, se ha vuelto un páramo en el que conviene andar con cuidado: nuestros datos privados no habían estado siendo resguardados como nos lo habían prometido, y nuestros feeds de noticias habían sido manipulados para rebosarnos de azúcar, harina y sal.

En este contexto, es en el que los blogs, y muchos sitios webs personales, se convirtieron en baluartes que reivindican ese espíritu libre que reinaba en los orígenes de internet, con la posibilidad de manejar sus propias agendas y temáticas, y así preservarse independientes de los criterios de popularidad. Como estos portales todavía pueden vivir por fuera de las redes sociales —e incluso a veces son censurados por estas últimas con restricciones a links externos—, nosotros, quienes los mantenemos, forajidos, contamos con la plena libertad de organizar nuestro propio camino y continuar así con las tradiciones que más nos representan.

Por eso es que adoro este blog: porque se erige como la punta de un iceberg que no es otro que el programa artístico que a fuerza de intuición me he ido forjando: el teatro, la literatura, el arte conceptual y las tecnologías de siempre (software, hardware, bibliotecas y archivos). La punta de un iceberg que no pretende ser más que un píxel en la pantalla de «un espectador que no tiene tiempo o tiene muy poco tiempo para leer y ver» según Boris Groys. Aquí estoy, entonces, en un intento más —de muchos, seguro— de apartarme del tumulto donde moran las almas convencionales y así, desde el reposo, fantasear con llevar a cabo ese primer acto de justicia sin tener que asesinar una gaviota.

Eso.

¡Les doy la bienvenida a la bitácora volátil de mis obsesiones!

Un abrazo grande,

C. S.
—17 de noviembre 2020

Foto: Lacroze, viernes 4 de marzo 2005 – by @mathom13

Acerca de Carlos Sims
Otro actor que escribe.

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